Ya os adelantamos que esta edición de Anónimos traería cosas nuevas, como repasar la trayectoria de nuestros Cosmoanónimos. Pero, ¿por qué no dar cabida en nuestro blog a los otros Poetas sin nombre de la historia? Anónimos que escribían y murieron sin saber que sus poemas llegarían a publicarse y a poder ser leídos una y otra vez en papel. A ellos también queremos rendirles homenaje, y sí, nuestra primera entrada trae a dos Anónimos que murieron en el frente que cumple este año su primer centenario: La I Guerra Mundial. Dos poetas que hemos rescatado de la antología Tengo una cita con la muerte. Dos poetas, que como escribe Wilfred Owen, se ocupaban de la guerra y de la pena de la guerra, y aun así podían escribir sobre ello. Patrick Shaw-Stewart y Charles Hamilton Sorley.
Patrick Shaw-Stewart
Tenía 29 años cuando murió en Francia después de negarse a regresar por las heridas sufridas.
Vi a un hombre esta mañana
que no quería morir:
me pregunto y no sé
si así yo lo quisiera.
Hoy brotó hermoso el día
sobre los Dardanelos;
sopló la brisa suave, la aurora y sus mejillas
estaban frías como frías conchas de mar.
Otras conchas esperan
más allá del Egeo,
metralla y explosivos,
mío ese infierno y mías esas bombas.
Oh infierno de ciudades y de barcos,
infernales los hombres, como yo,
oh fatídica Helena retornada,
¿por qué debo seguirte?
Aquiles vino a Troya
y yo a Chersonese:
él canjeó su ira por la lucha
y yo canjeé tres días de paz.
¿Fue tan difícil, Aquiles,
fue tan difícil morir?
Tú lo sabes, yo no
- y así estoy más contento-.
Volveré esta mañana
desde Imbros más allá del ancho mar;
álzate en la trinchera, gran Aquiles,
envuelto en llamas, y grita por mí.
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Charles Hamilton Sorley
Poeta escocés. Según Robert Graves, fue junto a otros dos poetas de la contienda, Rosenberg y Owen, “uno de los tres poetas de importancia que murieron durante la guerra.” Hamilton Sorley murió a los 20 años en la batalla de Loos, en 1915.
Cuando veas a millones de los muertos sin boca
marchando por tus sueños en batallones pálidos,
no digas palabras suaves, como ya otros dijeron,
que puedas recordar. No servirá de nada.
No ofrezcas alabanzas. Pues, sordos, ¿cómo iban a saber
que no son maldiciones lanzadas sobre cada cabeza
herida?
Ni lágrimas. Los ojos ciegos no ven caer las lágrimas.
Ni honor. Es fácil estar muerto.
Di sólo: "Ellos están muertos". Y añade:
"aunque muchos, mejores que ellos, murieron antes".
Entonces, si escudriñando la masa atestada llegaras
a reconocer un rostro hasta entonces amado,
debes saber que es un espectro. Nadie viste la cara que
conocías.
La gran muerte los tiene poseídos para siempre.
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