I
Se entregó sin resistencia a la tierra húmeda. Entregó el cuerpo
envuelto en un sudario, la piel blanca hilada con premura sobre la carne, sobre
el rostro extraordinario de muchacha. En su pecho se extendía una mancha azul.
Un quiebro en el vuelo del ave, un augurio. Yo había leído la condena en su
mirada. Había olido la llegada de la sangre. La niña se dejó caer como una
hoja, lentamente, pronto fue arrullada por el viento. Su sexo se intuía entre
los muslos. Su sexo, una grieta temblorosa, pálida, cubierta ahora por el río
del invierno.
II
Había en la casa una habitación
para las bestias. Para la caza del padre, que tiempo atrás había disfrutado
abrillantando su fusil, las botas ahora abandonadas a su suerte. Era un cuarto
hecho a la medida de Leonora. Un sepulcro de animales silenciosos, frágiles,
retenidos para siempre en una extraña rigidez, una ausencia de la vida que
asolaba sus miradas. Leonora disfrutaba acariciándolos. Palpaba aquella carne
desecada, inerte, las pieles y las plumas de las aves, y algo se erizaba en su
memoria. De niña los había bautizado. Se había confesado ante la sólida
presencia del zorro y de los cuervos, hincadas las rodillas en el suelo. Ahora
las criaturas la observaban. Entregadas al polvo y a la luz, se sostenían solas,
alimentándose del tiempo transcurrido, del paso inevitable de los años.
Nunca me he considerado poeta.
Para mí, la poesía había sido siempre cosa de rima y métrica, un universo
alejado, impenetrable. Hasta que empecé a crecer y mis ojos se abrieron al
mundo. ¿Qué es la poesía? ¿Fue un poema lo que escribí aquel verano, aquello
que, mucho tiempo después, envié con cierto vértigo a Cosmoanónimos? Tal vez lo
fuera. Tal vez pueda hoy pueda decir: yo una vez publiqué en papel un poema.
Porque eso supuso para mí ese librito, ese hijo de todos que ahora sostengo
entre mis manos. Yo no era poeta, pero escribía. Y deseaba parir un
hijo-libro-página para los otros.
De alguna manera, que me
seleccionaran fue a la vez inicio y regalo. Es
posible, me dije, y entonces vinieron las novelas, esos dos proyectos que
he desarrollado en el último año. Me pregunto cuántos Cosmoanónimos habrán
sentido lo mismo. Cuántos se habrán dicho: puedo hacerlo. Cuántos poemarios o
novelas habrán nacido o nacerán después de habitar en uno de estos hermosos
libritos. Cruzo los dedos para que sean muchos.
Dara Scully, 1989. Como dice su biografía en su página web: fotógrafa, escritora, árbol.
Puedes leer a Dara Scully como cosmoanónima, aquí.

