miércoles, 12 de agosto de 2015

Los libros de nuestros Cosmoanónimos (III): Jose Alberto Arias






(Donde mueren los monstruos. Ed. Alhulia, 2015)



Jose Alberto Arias (Bélmez de la Moraleda, 1987), Ldo. Traducción de inglés y Máster de Profesorado en la Universidad de Granada. Ha publicado La traición de Wendy (Berenice, 2010 ­Premio Desencaja 09 de Narrativa), Nosotros, que poseemos la tierra (Premio Diputación de Jaén para autores noveles, 2012) y Donde mueren los monstruos (Alhulia, 2015 –Premio de Creación Joven Ayuntamiento de Granada). Colabora con diversos medios online como crítico y redactor. Ha sido incluido en numerosas antologías 
poéticas y de narrativa, y coordina la antología poética digital Como los olivos. Durante el curso 2011/2012 obtuvo una beca para creadores en la Residencia de Estudiantes de Madrid. En la actualidad reside en Lisboa, donde ultima la publicación de su novela El Desencantador.
Bitácora personal: josealbertoarias.blogspot.com



Puedes leer a Jose Alberto Arias como cosmoanónimo aquí y aquí


viernes, 7 de agosto de 2015

Fueron Cosmoanónimos (XI): Dara Scully



I

   Se entregó sin resistencia a la tierra húmeda. Entregó el cuerpo envuelto en un sudario, la piel blanca hilada con premura sobre la carne, sobre el rostro extraordinario de muchacha. En su pecho se extendía una mancha azul. Un quiebro en el vuelo del ave, un augurio. Yo había leído la condena en su mirada. Había olido la llegada de la sangre. La niña se dejó caer como una hoja, lentamente, pronto fue arrullada por el viento. Su sexo se intuía entre los muslos. Su sexo, una grieta temblorosa, pálida, cubierta ahora por el río del invierno.


II


Había en la casa una habitación para las bestias. Para la caza del padre, que tiempo atrás había disfrutado abrillantando su fusil, las botas ahora abandonadas a su suerte. Era un cuarto hecho a la medida de Leonora. Un sepulcro de animales silenciosos, frágiles, retenidos para siempre en una extraña rigidez, una ausencia de la vida que asolaba sus miradas. Leonora disfrutaba acariciándolos. Palpaba aquella carne desecada, inerte, las pieles y las plumas de las aves, y algo se erizaba en su memoria. De niña los había bautizado. Se había confesado ante la sólida presencia del zorro y de los cuervos, hincadas las rodillas en el suelo. Ahora las criaturas la observaban. Entregadas al polvo y a la luz, se sostenían solas, alimentándose del tiempo transcurrido, del paso inevitable de los años.



Nunca me he considerado poeta. Para mí, la poesía había sido siempre cosa de rima y métrica, un universo alejado, impenetrable. Hasta que empecé a crecer y mis ojos se abrieron al mundo. ¿Qué es la poesía? ¿Fue un poema lo que escribí aquel verano, aquello que, mucho tiempo después, envié con cierto vértigo a Cosmoanónimos? Tal vez lo fuera. Tal vez pueda hoy pueda decir: yo una vez publiqué en papel un poema. Porque eso supuso para mí ese librito, ese hijo de todos que ahora sostengo entre mis manos. Yo no era poeta, pero escribía. Y deseaba parir un hijo-libro-página para los otros.

De alguna manera, que me seleccionaran fue a la vez inicio y regalo. Es posible, me dije, y entonces vinieron las novelas, esos dos proyectos que he desarrollado en el último año. Me pregunto cuántos Cosmoanónimos habrán sentido lo mismo. Cuántos se habrán dicho: puedo hacerlo. Cuántos poemarios o novelas habrán nacido o nacerán después de habitar en uno de estos hermosos libritos. Cruzo los dedos para que sean muchos.

Dara Scully, 1989. Como dice su biografía en su página web: fotógrafa, escritora, árbol.

Puedes leer a Dara Scully como cosmoanónima, aquí

jueves, 6 de agosto de 2015

Anónimo de la semana (II): Alejandra Machuca Gutiérrez


Poema hikikomori grabado en 54 notas de voz

Los hikikomoris son espantos de la tierra
El cuerpo de un hikikomori
consiste en aparatos
que vibran según la orden
que le dicta otro hikikomori
oculto en la habitación
Ya casi nadie los diferencia
porque han mutado el síntoma
de sentirse enrarecidos
enfermos de poesía
enfermos de memoria hikikomori
enfermos de miseria
(sensación hikikomori)
enfermos de coronas de la desolación
enfermos de puentes hikikomoris
enfermos de distancia hikimomori
enfermos de discursos hikikomoris de hikikomoris que presumen la superación
Un hikikomori se distingue por la forma en la que arma flores
con platinas e historietas de gomas de mascar
{[Los hikikomoris son hijos cazadores
(de padres cazadores)
de mundos subrepticios que se construyen en la imaginación]}
Y un verdadero hikikomori nunca se agazapa
porque cualquier hikikomori espía el atardecer
cualquier hikikomri entiende el paso de los álamos
la muerte de las semillas
la dialéctica de los espejos
la diferencia entre un abrazo
y
el aleteo de un ave
que se transformó en ave
pero antes era pez
Cualquier hikikomori: conoce el abandono
Cualquier hikikomori: extraña los dorados de su casa que antes era el mar
Cualquier hikikomori: canta el canto de las orcas
Cualquier hikikomori: compone su propia canción
Cualquier hikikomori: construye fuertes
enciende fogatas
asiste a funerales
mezcla tierra y sangre
de bestia que adolece
tiñe telas
funda tribus
Cualquier hikikomori entiende los dialectos de las lenguas que se secan porque son hikikomoris
Ser hikikomori es llevar la sangre de una familia
que no se atreve a mirarse a la cara: porque es hikikomori
no se atreve a mirarse a la cara: porque rechaza la viscosidad
con la que el río humedece
los ojos hikikomoris
Y que por qué las golondrinas sólo nacen en los poemas!?
Todos los hikikomoris sueñan
con una nave tibia
que les lleve lejos del Polo Norte hikikomori
del insomnio hikikomori
de las metáforas hikikomoris que les encierran en la habitación
Un típico hikikomori guarda la sabiduría entre los dientes
todos los remedios en la garganta
todos los terrores en el paladar
Para entender a un hikikomori es necesario abrirle bien la boca
diseccionarle la palabra
la sensación de hojas secas
el hálito de los dulces que retiene en la sed
y hay que cuidarles bien el fuerte
(((no se nos vayan a perder)))
(Es necesario para la sangre
conservar la soledad hikikomori
llevarle campanas
perlas frescas
cofres hambrientos
y guirnaldas
treguas verosímiles
y dosis diarias de hiel)
Rogarle al hikikomori que no sea fuerte
rogarle al hikikomori que enferme
que encierre
fuerte
más
más
y más
Yo te canto hikikomori
pero quédate solo
Yo te canto hikikomori
pero no digas nada que se pueda descifrar
Yo te canto hikikomori
pero enséñame a ahogar
el calor exagerado de los que no son hikikomoris
esos otros que no saben nada
que no tiemblan
que no apagan
Y yo te canto hikikomori
como alguien desde el silencio
que aúlla a los hikikomoris
porque les puede ver

miércoles, 5 de agosto de 2015

Los otros Anónimos (VIII): Alden Van Buskirk



"Fue entonces cuando me convertí en un

escritor celeste, en un aeroplano fuera de control, 
y aquí estoy, enfermo otra vez, en el
remolino de aquel sueño"


"Consumida por el cáncer,
las piernas le resplandecían al morir"



Jazz, psicotrópicos, ciudades de noche. La escritura siempre brillando aunque se escondiera en cualquier suburbio o bar. ¿El Rimbaud de la generación Beat? Alden Van Buskirk murió sin cumplir los veinticinco años y sin ver publicado su primer libro de poemas. Lami, una recopilación de todos sus poemas y textos, acompañados de la letra del mismo Ginsberg, nos enseña la rabia y la dulzura, la luz y la fuerza de un poeta que murió demasiado pronto. 

***

Hace años
descubrí Oakland en Vermont.
Tumbado en la hierba pálida del verano
      hice volar por los aires el nuevo aparcamiento, el almacén
      de cemento que está al otro lado de la calle (¿dentro?).
Dos años antes, la calle principal no era más que una
estrecha franja de alquitrán alabeado & álamos arrancados de raíz,
ahora hay nuevas manzanas,
    edificios,
        industrias,
               mugre.
Imaginé ciudades de cemento del color nuevo del metal &
pude hasta sentir el plástico derritiéndose en las ventanas;
soñé esa ciudad de Oakland a partir de un mapa escolar,
de la química de sus colores,
de las formas de sus peces derretidos &
los rostros vacuos...
            pero nunca imaginé este vacío que hay en mí.